La vicuña de ocho patas

Dos días después, al amanecer, el sonido de los pututos de los chasquis anunció la entrada triunfal del príncipe Cusi Yupanqui a la ciudad del Qosqo: había vencido a los chancas para siempre. El príncipe, a pesar de la algarabía y la fiesta que en su honor se vivía en las calles, no podía dejar de pensar en su pequeña amiga Yana Ñawi. ¿Estaría mejor? ¿Habría vuelto a dibujar? ¿Qué le habría dibujado sobre la gran piedra blanca y porosa? Cusi Yupanqui se abrió paso entre el jubiloso gentío y fue directo a la casa de Yana Ñawi. Vicaquirao, Apu Mayta y Roca lo acompañaron.

Al llegar, el padre de Yana Ñawi lo recibió sorprendido y llamó inmediatamente a su hija. Yana Ñawi salió y, al ver al príncipe, sonrió. Cusi Yupanqui sonrió también y le mostró el dibujo del sol radiante sobre la fina tela blanca.

Yana Ñawi lo tomó de la mano y lo condujo al lugar donde estaba la gran piedra blanca y porosa, tapada por el poncho. Cuando el príncipe quedó frente a la piedra, Yana Ñawi le dijo:

-He aquí lo que he dibujado para tí, Cusi Yupanqui, vencedor de los chancas -y halando el poncho suavemente con una mano, dejó el dibujo al descubierto.

Cusi Yupanqui, con ojos de asombro, caminó alrededor de la gran piedra, mirando el dibujo desde diferentes ángulos. La silueta de la vicuña y sus cuatro patas estaban dibujadas con el púrpura oscuro y las otras cuatro patas con el púrpura más claro. Un silencio distinto, de esos que sólo se escuchan en la puna, invadió el lugar repentinamente.

Finalmente, el príncipe volvió a sonreír, y Yana Ñawi volvió a sonreír también:

-¡Es una vicuña galopando! -sentenció Cusi Yupanqui.
Yana Ñawi se echó a reír y Cusi Yupanqui también. Los padres de Yana Ñawi rieron también a carcajadas. Bebieron seqje y Cusi Yupanqui contó a la familia de Yana Ñawi algunas historias de sus batallas. Para entonces, los vecinos y algunos curiosos habían rodeado la casa de Yana Ñawi y se empujaban para poder saludarla a ella, a sus padres y, por supuesto, al príncipe. Otro tumulto se había formado alrededor de la piedra blanca y Roca, Apu Mayta y Vicaquirao daban las explicaciones del caso:

-Es una vicuña galopando. ¿Eres ciego o te haces? -decían una y cien veces.

Al llegar el medio día, Yana Ñawi y sus padres se dirigieron al Palacio Imperial, acompañando al príncipe. Viracocha reconoció a Cusi Yupanqui como su sucesor e inmediatamente se realizó la ceremonia de coronación. Cusi Yupanqui adoptó, entonces, el nombre de Inca Pachacútec, que significa "el que cambia el mundo".

Era el año 1438. El Inca Pachacútec gobernó por los siguientes 30 años y se convirtió en el verdadero forjador del Imperio Incaico o Tahuantinsuyo. El Imperio Incaico creció tanto que hubo de dividirlo en cuatro suyos: el Antisuyo, el Cuntisuyo, el Chinchaysuyo y el Collasuyo. Con el tiempo, el Imperio llegaría por el norte hasta lo que hoy es Pasto, en Colombia, y por el sur, hasta el río Maule, en Chile. Cubriría el noroeste de Argentina y casi todo Bolivia, Perú y Ecuador: sería un gran imperio. El Qosqo siguió siendo la capital. Pachacútec construyó andenes de más de 2000 pasos de largo, caminos para unir todas las principales ciudades del imperio y tambos por doquier. Para consolidar la unificación del Imperio, convirtió al quechua o runa simi en lengua oficial y envió maestros a todos los rincones del Imperio para que todos tuvieran la oportunidad de aprender. Fue un emperador sabio y sencillo, amante de la música y de las artes.

Yana Ñawi acompañó a Pachacútec durante todo el tiempo de su reinado, pués él la hizo parte de la corte, y cuentan que aún muchos años después, cuando la noche venía estrellada, Yana Ñawi y el Inca Pachacútec salían al patio del Palacio Real a dibujar vicuñas galopando hacia la Luna.


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