La vicuña de ocho patas

La mañana siguiente, al despertar muy temprano para pagar un ayni, el padre de Yana se encontró con el gran bloque de piedra tapado por un poncho.

                                           

Se dio cuenta, inmediatamente, que Yana Ñawi había culminado su dibujo y, muy orgulloso, fue a llamar casa por casa a todos los miembros del ayllu para descubrir conjuntamente la obra, pues siendo un pedido real no cabía otra cosa.

Grande fue la sorpresa de todos cuando el padre de Yana Ñawi levantó el poncho y apareció la figura de una vicuña de ocho patas:

-¡Maldición! -gritó uno.

-¡Mal augurio! -gritó otro.

Por aquel entonces, cualquier animal raro o, inclusive, el dibujo de un animal raro, era considerado de mal augurio: que traía mala suerte. Y una vicuña de ocho patas era, definitivamente, un animal raro, rarísimo.

El griterio despertó a Yana Ñawi y a su madre. Ellas comprendieron que era mejor quedarse en casa hasta que el laberinto terminase.

Los gritos, y hasta insultos, por el desaire que supuestamente aquello significaba y la mala suerte que traería, continuaron hasta que todos los miembros del ayllu se fueron y dejaron al padre de Yana Ñawi, solo, frente al dibujo sobre la gran piedra blanca y porosa. Fue entonces cuando Yana Ñawi y su madre decidieron salir.

El padre de Yana Ñawi, con los ojos llorosos, miró a su hija y preguntó:

-Yana Ñawi, hija mía, ¿qué has dibujado?

-Es una vicuña, padre.

-¡Pero tiene ocho patas!

-No, padre: tiene cuatro patas...

Los padres de Yana Ñawi pensaron que su hija era víctima de alguna extraña enfermedad y decidieron ocultarla en la colca hasta que el propio príncipe decidiese qué hacer. Esa era la ley del Imperio.

Una vez más, las noticias sobre Yana Ñawi viajaron de boca en boca y, al día siguiente, la ciudad amaneció llena de gente en las esquinas, gente que murmuraba y contaba de la vicuña de ocho patas. Y como nunca falta un pesimista entre tres ociosos, alguien dijo que aquello de la vicuña de ocho patas traería como consecuencia una derrota ante los chancas y la destrucción total de la ciudad del Qosqo. El pánico se extendió rápidamente entre los habitantes de la ciudad.

Por la tarde, enterado un gran sacerdote de lo ocurrido, fue a visitar la casa de Yana Ñawi, y aconsejó a sus padres destruir la piedra y huir a algún otro lugar lejos del Qosqo; pero el padre de Yana Ñawi, que era un hombre recto, leal a su Inca y orgulloso de ser un súbdito, respondió:

-No, gran sacerdote. No nos iremos a ninguna parte. Somos
súbditos del Inca Viracocha y su hijo, el príncipe Cusi Yupanqui,
y esperaremos a que él vuelva victorioso y decida por nosotros.

Esa misma tarde, un chasqui trajo al Qosqo la noticia de la victoria de Cusi Yupanqui; pero ni Yana Ñawi ni sus padres se enteraron porque ya nadie quiso hablarles, nadie quiso ni siquiera acercárseles. Yana Ñawi permaneció escondida en la colca, dibujando; pero sin hablar.


- Vivir en el Qosqo
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Un encuentro importante
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Y Yana Ñawi paró de dibujar
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La vicuña de ocho patas
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- HERNAN GARRIDO LECCA