Hernán Garrido-Lecca


cuentos


Valicha y el Halcón sin nombre

Ya sé de que voy a morir, será casi viernes al amanecer como hoy.
Ella,
quiza me diga cualquier cosa y yo, moriré una vez más un poco que será el último.
Ya se de que voy a morir,
moriré de amor también esa última vez.

 

I - Cerca del pueblo
Cuentan que en los alrededores de un pequeño villorio de la serranía, entre espigados y solemnes eucaliptos, habitaba una bella como sagaz tortolita, que alegre solía revolotear a cuanto animado se le acercaba. La llamaban Valicha.

Cerca del pueblo, aunque allí donde ya sabe mandar el silencio de la puna, vivía, solo, un halcón sin nombre. Sin saber por qué, un dia el halcón sin nombre descubr ió, en sí, su amor por la tórtola. Fue a verla, y calló algo así como seis días.

 

II - El Primer Encuentro
En la puna no hay quien ponga nombre. Porque no hay nadie. El que está, se sabe. Nada más. Pero quien vive al sentir del silencio sabe, además, que es por algo.

Llegó el día de un primer encuentro acordado. Y el halcón sin nombre confesó a Valicha, sin decirlo, que la amaba. Y ella, claro, dudó. El halcón sin nombre confesó a Valicha, sin decirlo, que la amaba. Y ella, claro, dudó. El halcón sin nombre, ajeno al tiempo, supo esperar.

Rompió el silencio de la puna una y mil veces para gritar a todos los apus que amaba a una tórtola. Y quizá esa fue su tragedia: rompió las leyes de su naturaleza y de su medio.

 

III - Amor a Prueba
Mientras tanto, Valicha quiso probar el amor del halcón sin nombre. Empezó por golpearlo con las alas y él guardó silencio. Lo rasguño con sus patas y él siguió en silencio. El halcón sin nombre no comprendía pero su amor era tan grande que la seguía por todos los campos y trataba de aprender hasta de la vida entre los espigados y solemnes eucaliptos.

Un día, ese día, Valicha decidió probar, una vez más -quizá por última vez- el amor del halcón sin nombre. Tomó tiempo para afilar su pico y alinear las plumas de sus alas.

Y se decidió por el ataque.

El halcón sin nombre, al verla venir, creyó que, por fin, ella se entregaba. Y permaneció incólumne, hasta sentir el pecho desgarrado por un certero picotazo.

 

IV - Sangre
La sangre bañó las hojas de los eucaliptos, que callaron para hacer un solo silencio, con todas las piedras de la puna. El halcón sin nombre cayó moribundo al pie de un puquial. Mientras el aliento abandonaba al halcón sin nombre, sus plumas fueron tornándose blancas, sus garras en gráciles patas y su curvado pico en bello complemento de su entonces inerte cadaver: se había transformado en tórtolo.

Valicha desmayó ante la metamorfosis de quien -sólo entonces comprendió- la había amado.

 

EPILOGO
Nadie supo si Valicha amó realmente al halcón sin nombre. Cuentan, sin embargo, que en lo alto de la Puna, cuando las montañas creen que no hay nadie, se escucha todavía el eco de los gritos del halcón sin nombre: "Valicha, te amo".

 

POST SCRIPTUM

Yo era como cualquier animal salvaje o como todos y cada uno de los otros.

Como cualquier lobo estepario. Como cualquier zorro sin domesticar.

Ahora Ella, La Mujer, me tiene, me posee, me sabe, me desgarra (yo la amo).

No serán las últimas balas antes de La Victoria las que me alcancen.

No serán los infernales clarines de cualquier muerte los que me ensordezcan.

Será de amor que moriré.

(Insisto)

Cuando no la tenga,

Cuando no la tenga.

 


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