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Valicha y el Halcón sin nombre
Ya sé de que voy a morir, será casi viernes
al amanecer como hoy.
Ella, quiza me diga
cualquier cosa y yo, moriré una vez más un poco que
será el último.
Ya se de que voy a morir, moriré de amor también esa última vez.
I - Cerca del pueblo
Cuentan que en los alrededores de un
pequeño villorio de la serranía, entre espigados y solemnes
eucaliptos, habitaba una bella como sagaz tortolita, que alegre
solía revolotear a cuanto animado se le acercaba. La llamaban
Valicha.
Cerca del pueblo, aunque allí donde ya sabe mandar el silencio de la puna, vivía, solo, un halcón sin nombre. Sin saber por qué, un dia el halcón sin nombre descubr ió, en sí, su amor por la tórtola. Fue a verla, y calló algo así como seis días.
II - El
Primer Encuentro
En la puna no hay quien ponga nombre.
Porque no hay nadie. El que está, se sabe. Nada más. Pero quien
vive al sentir del silencio sabe, además, que es por algo.
Llegó el día de un primer encuentro acordado. Y el halcón sin nombre confesó a Valicha, sin decirlo, que la amaba. Y ella, claro, dudó. El halcón sin nombre confesó a Valicha, sin decirlo, que la amaba. Y ella, claro, dudó. El halcón sin nombre, ajeno al tiempo, supo esperar.
Rompió el silencio de la puna una y mil veces para gritar a todos los apus que amaba a una tórtola. Y quizá esa fue su tragedia: rompió las leyes de su naturaleza y de su medio.
III - Amor a Prueba
Mientras tanto, Valicha quiso probar el
amor del halcón sin nombre. Empezó por golpearlo con las alas y
él guardó silencio. Lo rasguño con sus patas y él siguió en
silencio. El halcón sin nombre no comprendía pero su amor era
tan grande que la seguía por todos los campos y trataba de
aprender hasta de la vida entre los espigados y solemnes
eucaliptos.
Un día, ese día, Valicha decidió probar, una vez más -quizá por última vez- el amor del halcón sin nombre. Tomó tiempo para afilar su pico y alinear las plumas de sus alas.
Y se decidió por el ataque.
El halcón sin nombre, al verla venir, creyó que, por fin, ella se entregaba. Y permaneció incólumne, hasta sentir el pecho desgarrado por un certero picotazo.
IV - Sangre
La sangre bañó las hojas de los
eucaliptos, que callaron para hacer un solo silencio, con todas
las piedras de la puna. El halcón sin nombre cayó moribundo al
pie de un puquial. Mientras el aliento abandonaba al halcón sin
nombre, sus plumas fueron tornándose blancas, sus garras en
gráciles patas y su curvado pico en bello complemento de su
entonces inerte cadaver: se había transformado en tórtolo.
Valicha desmayó ante la metamorfosis de quien -sólo entonces comprendió- la había amado.
EPILOGO
Nadie supo si Valicha amó realmente al
halcón sin nombre. Cuentan, sin embargo, que en lo alto de la
Puna, cuando las montañas creen que no hay nadie, se escucha
todavía el eco de los gritos del halcón sin nombre:
"Valicha, te amo".
POST SCRIPTUM
Yo era como cualquier animal salvaje o como todos y cada uno de los otros.
Como cualquier lobo estepario. Como cualquier zorro sin domesticar.
Ahora Ella, La Mujer, me tiene, me posee, me sabe, me desgarra (yo la amo).
No serán las últimas balas antes de La Victoria las que me alcancen.
No serán los infernales clarines de cualquier muerte los que me ensordezcan.
Será de amor que moriré.
(Insisto)
Cuando no la tenga,
Cuando no la tenga.
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