
Piratas en el Callao
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Una mañana, al
despertarnos, Ignacio me sorprendió con una pregunta:
- Dime, Alberto, ¿hasta cuándo seremos piratas?
- ¿Por qué te preocupas de eso? Al fin y al cabo dejaste tu tiempo mientras luchabas contra los españoles y eso es precisamente lo que aquí estamos haciendo. ¿O no?
- Sí, pero ni tú ni yo somos holandeses sino peruanos. Y, en este tiempo, probablemente hubiésemos estado contra los piratas y no con ellos. ¿No entiendes?
- Sí, el Callao es lo nuestro y no estos barcos.
- Entonces, ¿qué hacemos? -volvió Ignacio a la carga.
- Bueno, nuestra misión es entonces destruir la fuerza
invasora.
- Lo que es materialmente imposible, mi capitán -sentenció Ignacio (y yo me tomé muy serio lo de "capitán").
- Usted lo ha dicho, don Ignacio: materialmente imposible pero estratégicamente probable.
- ¿Cómo así?
- Mi capitán... "¿Cómo así, mi capitán?" Eso que quisiste decir, ¿no? -aclaré a Ignacio.
- Sí, mi capitán.
- Muy fácil. En lugar de hacer laberinto de noche, lo haremos de día y, como estos piratas son tan supersticiosos, se irán de aquí...
Y así fue. Ese mismo día, horas más tarde, hicimos
todo aquello que sabíamos espantaría a los piratas: comimos
uvas y tomamos vino sobre la cubierta y a plena luz del día; izamos
y arreamos la bandera varias veces; hicimos rodar barriles
de babor a estribor y viceversa; y, finalmente, levamos
anclas y dejamos el barco a la deriva mientras el
piloto logró recuperarse del susto. En menos de 6 horas, todos
los hombres de L'Hermite hablaban de un motín para
presionar a su almirante a levantar el bloqueo y zarpar
rumbo a cualquier otra parte.
Todo hubiese sido perfecto si no se nos hubiese
ocurrido trabarnos en un duelo de espadas sobre el propio puente
de mando. El duelo venía causando la zozobra esperada
pero, al ser avisado, L'Hermite se apareció en persona y nos
tomó por sorpresa. Luego de varias semanas entre los piratas,
ambos habíamos adquirido alguna destreza en el uso de aquellas
armas, pero ello no era suficiente como para enfrentar al temido
L'Hermite.
Y sucedió lo que tenía que suceder. En un
descuido vi como L'Hermite atravesó el corazón de Ignacio,
quien sólo alcanzó a gritar:
-¡Viva el Callao! ¡Viva el Perú!
Y su cuerpo pudo ser visto por una fracción de
segundo por los horrorizados ojos de todos los piratas, a la vez
que el eco de sus palabras se perdía luego de varios rebotes
entre la isla de San Lorenzo y el puente...
No tuve tiempo de recuperarme pues
L'Hermite lanzó una carga hacia mí. Yo no atiné a soltar la
espada sino a hacerme a un lado y él se estrelló contra la
baranda del puente. Se dio la vuelta y, antes que él pudiese dar
el primer paso, cargué contra su cuerpo y le clavé mi espada en
el estómago.
Me quedé inmóvil unos segundos. Solté la empuñadura y lo vi derribarse y caer sobre la cubierta. La tripulación quedó estupefacta. Yo me arrodillé y sólo atiné a rezar. Me di la vuelta buscando el cadáver de Ignacio pero él ya había desaparecido también para mis ojos. Entendí entonces que había regresado a su tiempo.
- Una
visita a la fortaleza del Real Felipe cuando había un halo sobre
la isla San Lorenzo
- De cómo me enteré
de que andaba perdido en el tiempo de los piratas
- Un extraño
encuentro o de cómo conocí y me hice amigo de Ignacio Pérez de
Tudela
- ¡Al abordaje! o de
cómo me hice un pirata más
- Los días pasan y el
bloqueo continua
- ¡Viva el
Callao!¡Viva el Perú!
- Sobre la retirada de
los piratas y de mi vida en San Lorenzo
- HERNAN GARRIDO LECCA