Hernán Garrido-Lecca


Piratas en el Callao

¡Al abordaje ! o de cómo me hice un pirata más

Esa misma tarde, los hombres de L'Hermite tomaron otro galeón lleno de provisiones. Esta vez, sin embargo, Ignacio y yo estuvimos entre los asaltantes.

Fue una experiencia increíble. Iniciamos la persecución a la voz de "al ataque" del capitán de la nave. No nos tomó mucho tiempo alcanzar a nuestra víctima. Cuando estuvimos a 10 ó 20 metros pude ver los ojos aterrorizados de los marineros sobre la cubierta. Saltamos desde nuestro barco hacia el galeón en el preciso instante en que lo golpeamos por estribor y el capitán gritaba: ¡Al abordaje! Me sentí un pirata más. Gritamos como ellos y ni Ignacio ni yo nos pudimos controlar: tomamos nuestras respectivas espadas y luchamos codo a codo.

La tripulación del barco y los piratas suspendieron el combate al ver aquellas dos espadas batiéndose por sí solas en el aire. Algunos saltaron por la borda; otros, piratas y defensores por igual, se arrodillaron implorando perdón e invocando a docenas de santos. Al ver esto, Ignacio y yo nos detuvimos y dejamos caer nuestras espadas sobre la cubierta.

Entre un larguísimo silencio y con las caras aún pintadas de espanto, dos de los piratas fueron a dar el parte a L'Hermite. Ignacio y yo, también en silencio, llegamos, así, hasta el camarote del mismísimo Jacques L'Hermite, el Holandés.

L'Hermite era un hombre más bien bajo aunque, a primera vista, trajinado en la piratería. No sé por qué lo digo. Quizá sea por la aureola de solemnidad y terror que sentí que le rodeaba. No tenía ni parche en el ojo ni pata de palo.

El Holandés escuchó en silencio el parte de uno de sus hombres. No se inmutó, en lo absoluto, ante el relato de lo sucedido. Se limitó a decir que aquello de las espadas peleando solas en el aire era un mal augurio y, horas después, los 1637 hombres sabían lo ocurrido y lo dicho por L'Hermite. Nosotros lo escuchamos narrado por un cocinero portugués a su ayudante y prisionero, un gallego gordo que se comía hasta la cáscara de las papas que pelaba.


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- HERNAN GARRIDO LECCA