Hernán Garrido-Lecca


Piratas en el Callao

Un extraño encuentro o de cómo me hice amigo de Ignacio Pérez de Tudela

Al amanecer, caminé hacia la playa. Quería ver a los piratas lo más cerca que pudiese. La gente se movía de un lado a otro. Repentinamente, quedé frente a frente ante un niño de 10 ó 12 años. Él caminó hacia mí y me dijo:

- ¿Por qué estás vestido así?

- ¿Tú me puedes ver? -contesté.

- Sí. ¿Por qué estás vestido así?

- No me vas a creer pero vengo de otro tiempo. Vengo de tu futuro

-le respondí con miedo a que se burlara de mí.

- Te creo. ¿Te das cuenta entonces que no debes temer a los pichelingues?

- ¿Quiénes son los pichelingues? y por qué no habría de tenerles miedo?

- Son los holandeses: L 'Hermite y sus piratas. Y tú no tienes que tenerles miedo.... Ni siquiera te pueden ver...

- ¿Tú cómo sabes eso? ¿Y tú cómo me puedes ver?

- Muy simple, piensa un poco.

- No entiendo.

- Tú me puedes ver a mí y yo a ti ¿Qué concluyes?

- ¿Que tú tampoco eres del tiempo de estas gentes?

- Correcto. Yo vengo de 1866. El Real Felipe estaba siendo atacado por una escuadra española. Mi mamá, que estaba a cargo de la cocina, me envió a buscar a mi padre, que es artillero y estaba al mando de un grupo de cañones. Deambulaba por uno de los torreones en busca de mi papá, moví una piedra y aquí estoy... Llegué hace dos días...

- Sí, te entiendo. Yo vengo de 1967 y te tengo una buena noticia: la escuadra española se retiró vencida en 1866. Eso lo aprendí en el colegio: fue el 2 de mayo de 1866.

- Bueno saberlo pero aquí, hoy, no nos sirve de nada. ¿Sabes tú cómo acaba esta batalla?

- No. La verdad que no. Sólo sé que estamos en 1624.

Y pasamos la mañana tratando de imaginar cómo volver a nuestros tiempos. Mil y una ideas tuvimos y mil y una descartamos. Al atardecer, la flota invasora se había acercado más. El cerco impuesto era tan reducido que ya ninguna embarcación, por pequeña que fuese, podía entrar o salir de la rada si no era con el consentimiento de los piratas.

- A propósito ¿cómo te llamas? -pregunté.

- Ignacio, Ignacio Pérez de Tudela. ¿Y tú?

- Alberto, Alberto Gaveglio.

- Bueno, Alberto, creo que deberíamos ver cómo ayudamos.

- De acuerdo. Si no nos pueden ver, tratemos de llegar a alguno de los barcos.

- ¿Y cómo llegamos?

- Vamos al muelle y tomemos alguna chalana.

- ¿Chalana?

- Sí, un bote.

- ¿Y luego qué?

- No sé. Empecemos por allí.

Corrimos hasta el muelle y nos subimos a una chalana que partía hacia uno de los barcos defensores fondeados en la bahía. Luego de remar por veinte minutos -los marineros y no nosotros, por supuesto- llegamos al barco. Era un hermoso galeón y estaba cargado de harina, vino, pasas e higos y muchas gallinas. La tripulación se encontraba en estado de alerta. Y con razón...

A las pocas horas, los piratas tomaron nuestro barco por asalto. He de decir que el combate no fue tan fiero como yo lo hubiese imaginado. En menos de 20 minutos los pichelingues habían dominado la situación y los defensores se habían puesto a salvo en sus falúas.


- Una visita a la fortaleza del Real Felipe cuando había un halo sobre la isla San Lorenzo
-
De cómo me enteré de que andaba perdido en el tiempo de los piratas
-
Un extraño encuentro o de cómo conocí y me hice amigo de Ignacio Pérez de Tudela
-
¡Al abordaje! o de cómo me hice un pirata más
-
Los días pasan y el bloqueo continua
-
¡Viva el Callao!¡Viva el Perú!
-
Sobre la retirada de los piratas y de mi vida en San Lorenzo
- HERNAN GARRIDO LECCA