Hernán Garrido-Lecca


Piratas en el Callao

De cómo me enteré de que andaba perdido en el tiempo de los piratas

Al despertar me encontré tendido sobre una playa. Supe que era algún lugar cerca del Callao porque frente a mí estaba la isla de San Lorenzo con su radiante halo de luz. Las bolicheras, los cargueros y los barcos de guerra ya no estaban. Había, en cambio, un maravilloso galeón con muchas velas. Estaba lejos. Me paré para ir hacia él y me di con una hilera de casas, cientos de casas, casi todas a orillas de la playa. Como a uno o dos kilómetros había algunos edificios que parecían almacenes o bodegas de vino. Detrás de las casas había algunas chacras. Un camino las cruzaba y se perdía en la explanada. Al fondo, lejos, se veía un pueblo bastante más grande, a decir de las muchas torres de las tantísimas iglesias que tenía. Ahora que evoco ese recuerdo supongo que aquel pueblo era nada menos que la ciudad de Lima.

Cuando pensé que era raro que no hubiese gente, aparecieron, así, como de la nada, decenas de hombres, mujeres y niños, vestidos a la antigua, corriendo de un lado a otro, desesperados. Alcancé a entender que gritaban: "el Holandés está en la bahía".

Miré nuevamente hacia la bahía y encontré no menos de ocho barcos enfilando sus cañones hacia el puerto, hacia el Callao. Busqué con angustia el Real Felipe, la fortaleza irreductible que nos defendería. Pero fue en vano. No estaba por ninguna parte. Volví a mirar hacia San Lorenzo y estaba allí. Sin embargo, cuando repasé con la vista las casas, las calles y las gentes que me rodeaban -y la presencia de carruajes y no automóviles, entre otras cosas-, empecé a pensar que, efectivamente, algo raro sucedía. Todo parecía de otro tiempo. Y es que, en realidad, era otro tiempo. No quise hacerme más problemas al respecto y preferí aceptar que había viajado por algo así como un túnel del tiempo cuando caí al vacío luego de mover aquella extraña piedra. Acepté entonces, recién, que estaba en algún lugar del tiempo en donde el Real Felipe no había sido construido.

Corrí hacia las casas y entré a una en donde parecía que se reportaban los hombres que defenderían el Callao. Era una casona de madera, muy amplia y de techos altos. Allí, un oficial de alto rango, ante un mapa extendido sobre una larga mesa, explicaba a una veintena de militares y civiles que las barreras y rompientes edificadas unas hacia la boca del río Rímac y las otras al lado de los almacenes reales, serían los lugares sobre donde el Holandés seguramente cargaría al iniciarse el asalto. Me sentí aliviado al escuchar que había 30 cañones de bronce para la defensa. Al terminar la explicación del oficial, algunos de los militares hicieron algunas preguntas sobre la estrategia de la defensa. Finalmente, cuando parecía que ya no habría más preguntas, una mujer que llevaba la expresión del valor pintada en el rostro se levantó de su silla y dijo:

- Soy Catalina Vilca Huamán; mis padres nacieron en el Callao y yo también. Mis hijos han nacido aquí y sus hijos también lo harán. Y si ese tal el Holandés decide desembarcar, quiero que ustedes sepan que mi madre, que aún vive, mi marido que es ciego y los seis hijos que he parido, estaremos todos en la playa para repelerle con el fuego de nuestras armas y la sangre de nuestras entrañas...

Y por ahí alguien gritó:

- ¡Viva el Callao! ¡Muerte al Holandés!

La reunión terminó y los asistentes se dirigieron a la puerta. Yo estaba parado junto al dintel y me sorprendí al ver que varios de ellos venían directamente hacia mí, como si pretendieran atravesarme. Uno de ellos se tropezó conmigo y retrocedió desconcertado para luego tocar el contorno del dintel con la palma de la mano, como buscando una explicación para su aparente torpeza. En medio de las sonrisas de quienes fueron testigos de la escena, el hombre optó par frotarse los ojos con ambas manos, a manera de excusa, y proseguir su camino hacia la calle. fue entonces cuando comprendí que a pesar de que yo los podía ver a todos, ellos no me podían ver a mí.

Era el 8 de mayo de 1624. Lo supe luego, al leer un parte que quedó sobre la larga mesa. El reporte había llegado dos días antes desde Mala, un pueblito como a 90 kilómetros al sur del Callao. Se trataba del pirata Jacques Heremite Clerk, también conocido como "L'Hermite", quien había zarpado de Goeree en la Zelanda. Su escuadra tenía no ocho sino once navíos, con 294 cañones y 1637 hombres. Me asusté mucho. ¿Qué podían hacer 30 cañones contra 294?

Corrí a la calle, como todos, y luego me dirigí a una de las defensas. Al caer la tarde, 8 galeones grandes y 4 más pequeños se acercaron a la rada por el lado norte, por un lugar que llamaban Bocanegra. Aunque todos esperaban el desembarco esa noche, nada pasó. Los nervios de los defensores estaban hechos trizas. Fue una larga, muy larga noche.

 


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- HERNAN GARRIDO LECCA