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En algún otro lado, por las calles de la ciudad, La Mena, por su lado, pensaba mucho en Anisilla. Luego del ventarrón, la pobre no había tenido más remedio que dejar de lado su vanidad y visitar al Dr. Irwin, el búho, que como decía en el cartel en la puerta de su consultorio "todo lo sabe porque cuanto puede lee".

El Dr. Irwin le recetó anteojos a La Mena. Le enseñó muchos modelos : algunos cuadrados, otros redondos ; unos más grandes, otros más chicos. Al final, La Mena estaba entre dos : unos que eran como un antifaz negro con estrellitas doradas y otros que eran redonditos, chiquitos y ¡rojos ! Como los de forma de antifaz se le resbalaban por la nariz, La Mena terminó, feliz, escogiendo los redonditos y rojos.

¡Era tan increíble ver bien ! Ahora veía las hojitas diferentes en cada árbol, los marcos de las ventanas de las casas, la caprichosa forma de las nubes, los distintos picos de los pájaros silvestres y sus niditos entre las ramas... y muchas cosas más. La Mena caminaba nuevamente oronda por las calles de la ciudad pero sentía un hueco en el corazón : le faltaba su amiga Anisilla. Y, por eso, pasaba horas y horas recorriendo la ciudad, preguntando por su amiga.
Para aquel entonces, Anisilla, ya menos temerosa, se lanzaba poco a poco a las calles de la ciudad. Un recorrido corto y conocido al principio y luego cada vez más largo y hasta desconocido después. Cada vez sentía menos miedo y más seguridad para enfrentar problemas a su paso.
Un jueves cualquiera, Anisilla se despertó sabiendo que era capaz de recorren, solita y oronda, todas las calles de la ciudad. Llamó a Malulo y juntos partieron en busca de La Mena. Malulo volaba sobre el mercado y vio una estela del color azul del perfume de lavanda que había imaginado : ¡era la Mena! Voló hasta donde estaba Anisilla y las dos amigas no tardaron en encontrarse.
La Mena llevaba puestos los lindos anteojos rojos y redonditos. Anisilla pensó que los anteojos le quedaban muy, pero muy bien : le daban un aire muy, pero muy distinguido y hasta le hacían ver más linda su nariz. La Mena y Anisilla, muy contentas, se contaron todo lo que habían vivido. Volvieron al jardín de las flores y la Mena conoció a Cirila y las demás hormigas. Recogieron el sombrero verde limón y partieron de vuelta a casa.
De allí en adelante, siguieron siendo tan amigas como siempre, pero cada una caminaba por su cuenta por las calles de la ciudad. Y los domingos... Los domingos la Mena se ponía su viejo sombrero verde limón en forma de hongo adornado con plumas, Anisilla se metía adentro y salían a pasear así, por pura diversión...
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