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Cuando salían a pasear por las calles de la ciudad, Anisilla abría las ventanitas de su casa y, así, desde el sombrero, le iba diciendo a La Mena por donde ir para que no se fueran a tropezar.

 

Como La Mena era tan grande, a Anisilla le resultaba fácil -casi siempre- dirigir a su amiga : desde lo alto, siempre se ve más lejos.

Lo más complicado era el subir y bajar escaleras. Para subir, Anisilla estiraba el cuello por la ventanita delantera del sombrero, calculaba la distancia entre escalón y escalón y gritaba :

- Pata delantera derecha : treinta centímetros más adelante... ¡Ahora sí ! Patita delantera izquierda arriba... ¡Arriba !... ¡Ya !

Corría a la ventana de atrás y seguía : - Patita trasera derecha arriba : arriba... Un poquito más... ¡Eso es ! Patita trasera izquierda va para arriba y... ¡Ya !... ¡Uf ! ¡Qué trabajo ! -terminaba Anisilla.

Bajar escaleras era más fácil y más divertido, pero igual de trabajoso para Anisilla : guiaba a La Mena hasta el borde de la escalera, las dos recogían las patas y Anisilla metía la cabeza dentro del caparazón y... ¡bundugún-pun-pum! se deslizaban escalera abajo, como una patineta, a toda velocidad.

Esta faena dejaba la casa de Anisilla como si le hubiese pasado un torbellino. Por eso era que, a Anisilla, bajar escaleras le resultaba casi tan trabajoso como subirlas : le tocaba ordenar toditito después.

A veces, cuando corría algún viento, las plumas del sombrero tapaban alguna de las ventanitas y... ¡putún ! La Mena se tropezaba y ambas se golpeaban y asustaban un poco pero se sobaban y consolaban un ratito, luego se reían, y continuaban su camino.

Y así, La Mena y Anisilla vivían felices recorriendo juntas las calles de la ciudad.

Todo iba bien hasta que un día el viento sopló más fuerte que nunca. La Mena bajó la cabeza para poder caminar sin que se le volara el sombrero. Pero el viento era cada vez más fuerte. Y más fuerte... Hasta que...

¡Zas ! El sombrero, con Anisilla y todo, salió volando por los aires.

La Mena se metió en su caparazón sin saber siquiera que había perdido su sombrero. Todo fue muy confuso. El ventarrón duró un buen rato pero finalmente pasó.

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